Simpatia por el Diablo

Este jueves 15 se estrenó en México Mientras duermes (2011), la nueva película del cineasta catalán Jaume Balagueró y una de esas que se me fueron vivas en el pasado festival de Sitges —una lástima, ya que me hubiera encantado platicar sobre la peli con Balagueró, a quien tuve ya el gusto de entrevistar alguna vez para Cine PREMIERE.

Y hablando de Cine PREMIERE, aquí un fragmento de mi crítica a este interesante thriller protagonizado por Luis Tosar y Marta Etura:

Un thriller en toda regla, la nueva cinta de Balagueró prescinde así de los recursos más vistosos utilizados por el cineasta en otras de sus películas. Sin zombies ni fantasmas a la vista, Balagueró se vale de un monstruo humano —tal vez demasiado humano— para explorar los extremos a los que puede llegar una obsesión, así como los alcances de la crueldad humana.

Y es que es en el personaje de César en donde el cineasta consigue el mayor triunfo de la película, una caracterización que subvierte la relación del público con un protagonista que lejos está de ser admirable, ya no digamos heroico, pero por quien llegamos a sentir una simpatía que resulta incómoda, por decir lo menos…

Para leer la crítica completa, dense una vuelta por el sitio de Cine PREMIERE.

En tierra de vampiros… el zombie es rey

Hará apenas un par de semanas discutía con amigos las razones de la actual popularidad del vampiro en el cine, una popularidad que no se limita a la ubicuidad del fenómeno Twilight, a las cuatro temporadas (y contando) de True Blood o al año ininterrumpido de proyecciones de Låt den rätte komma in (Déjame entrar, 2008) en la Cineteca Nacional. En algún episodio de Horroris Causa hemos hablado ya del imperecedero, eterno atractivo del chupasangre en la cultura popular: de su vocación como figura de la transgresión más absoluta, aquella que trastoca el orden natural de las cosas, de la vida y la muerte hasta el sexo y la procreación. “Dormir de día, divertirse de noche,” rezaba la publicidad de The Lost Boys (1987), auténtico credo del vampiro moderno. “Nunca envejecer, nunca morir.” ¿Qué es el vampiro, sino la encarnación de límites que no deberían de ser cruzados?

Por supuesto, es difícil encontrar evidencias de esa vocación transgresora en vampiros como Edward Cullen, en el Louis de Interview With the Vampire (1994) o, para el caso, en el propio Drácula según la versión de Francis Ford Coppola, vampiros azotados que parecerían haber olvidado aquello de que “es divertido ser un vampiro”. Cuestionado sobre la celebridad de los vampiros pergeñados por Stephenie Meyer para sus novelas —que parecerían avalar agendas tan reaccionarias como la exaltación de la abstinencia sexual, y la proscripción del sexo premarital—, la respuesta me pareció tan evidente como paradójica: lo popular no es el personaje, el vampiro; lo realmente atractivo —y lo que vende ejemplares, y entradas— es el subtexto del personaje, y la agenda que avala dentro de su contexto. Del Nosferatu (1922) de Murnau como alegoría de la peste y los horrores de la posguerra a la ya mencionada The Lost Boys —en donde el vampiro se revela, y se rebela también, como la peor pesadilla de cualquier baby boomer, la literalización de la prole como juventud extraviada—, el vampiro no hace sino reflejar el mundo a su alrededor.

Y es que el monstruo es siempre —por definición y por necesidad— proteico, y mutable.

Es aquí donde una película como Stake Land (Tierra de vampiros, 2010) resulta una bienvenida adición al sangriento canon del vampiro cinematográfico. En la película, dirigida por Jim Mickle, el mundo se ha convertido en un páramo desolado en el que los chupasangre son tan sólo uno más de los problemas a que se enfrentan los sobrevivientes en su búsqueda de un refugio, de un lugar en donde continuar con sus vidas. Más cercanos a los infectados de I Am Legend (2007) que al aristócrata decadente pero refinado al que estamos acostumbrados, los vampiros de Mickle —co-guionista de la cinta, y responsable también de la muy estimable Mulberry Street (2006), aún otra variación sobre el tema— han perdido todo rastro de inteligencia o personalidad, convirtiéndose en simples bestias que no viven —es un decir— más que para alimentarse. Son la voracidad encarnada.

Es preciso recordar que vampiros y zombies modernos tienen un ancestro común en el ghoul del folclor arábico, así como en el revenant de la Europa medieval: ambos eran considerados no-muertos, cadáveres reanimados que merodeaban en las cercanías de tumbas y cementerios, alimentándose de los vivos y aterrorizando a la comunidad. Los vampiros de Stake Land perecerían así más cercanos al zombie concebido por George A. Romero en Night of the Living Dead (1968) —a su vez una adaptación libre de Soy Leyenda, de Richard Matheson—, otro monstruo hoy muy en boga y de cuya popularidad dan cuenta filmes como Zombieland (2009), el remake the Dawn of the Dead (2004) o la exitosa serie The Walking Dead.

Y sin embargo, como argumenta Roger Ebert en su crítica de la cinta, los vampiros de Stake Land son acaso el MacGuffin de la película, un mero recurso argumental necesario para mantener la trama en movimiento. En esta tierra de nadie —al igual que en cualquier película de zombies que se precie de serlo—, el verdadero monstruo es el hombre mismo, así como las instituciones que éste ha creado para legitimar el poder que ejerce sobre otros. Una crítica a la ultraderecha religiosa en los Estados Unidos, la milicia fundamentalista conocida como La Hermandad tiene en su líder, Jebedia Loven (Michael Cerveris) al auténtico villano de la película, un fanático que ve en la plaga vampírica ya no el proverbial castigo de Dios, sino la excusa para mantener el control sobre esta nación dividida por el miedo al otro, y dispuesta a rendir sus libertades más básicas en aras de una supuesta seguridad.

Ya lo dijo Guillermo del Toro: por cualquier lugar que empieces, el vampiro es bueno. Ya sea como proyección de los miedos y deseos de una juventud que encuentra en la abstinencia un refugio frente al desamor, a embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual —el caso de Twilight— , o como expresión de conflictos económicos, políticos o sociales, el vampiro habrá de seguir constituyendo el reflejo de la sociedad que lo ha engendrado… aunque esta no termine de encontrarse en ese espejo.

—Antonio Camarillo

UN CINE EN VERDAD FANTASTICO

Por cuarto año consecutivo, MÓRBIDO Festival Internacional de Cine Fantástico y de Terror regala a los cinéfilos la oportunidad de atestiguar la abrumadora diversidad de voces, estilos y propuestas que, muy a nuestro pesar, no nos ha quedado más que confinar dentro de unos géneros específicos. Y es que, ya sea que se trate del terror, la ciencia-ficción o cualquiera de las manifestaciones de aquello que los franceses han tenido a bien denominar como fantastique, lo cierto es que las películas que se exhiben dentro de festivales como MÓRBIDO tienen en común, antes que nada, una habilidad extraordinaria para capturar la naturaleza humana desde la alegoría, desde la metáfora. En el género, es más importante lo que no se dice que lo que se enuncia abiertamente.

Pongamos como ejemplo la cinta Extraterrestre (España, 2011), película inaugural del festival en su cuarta edición: una comedia romántica sui géneris, el filme de Nacho Vigalondo — director también de la célebre Los Cronocrímenes (España, 2007)— se vale de las convenciones propias del cine de invasores de otros mundos para desmenuzar, de manera por demás entrañable y simpática, fenómenos tan exclusivamente humanos como las relaciones de pareja, los celos, el amor y los sacrificios que a veces requiere éste. En la película, una pareja de perfectos desconocidos —y que se llaman Julia y Julio… ¿qué casualidad, no?— amanecen, tras la que se adivina habrá sido una farra fenomenal, sin memoria alguna de lo ocurrido la noche anterior, pero con la certeza de haber pasado la noche juntos. Lo que sería tan sólo un momento incómodo se convierte, sin embargo, en una situación límite cuando los chicos descubren que la ciudad se encuentra desierta, y que un gigantesco platillo volador —uno de muchos, según habrán de enterarse más adelante— se encuentra flotando sobre los cielos de Madrid. Muy pronto, a la extraña situación se suman las impertinencias de un vecino metiche y, además, la presencia del novio de Julia, quien no sospecha que ella le ha puesto el cuerno con el recién llegado.

Así, determinados a mantener en secreto la naturaleza de su encuentro, Julio y Julia habrán de alimentar la sospecha de que entre ellos bien podría encontrarse infiltrado un extraterrestre. Y es aquí donde esa condición de intruso, de extraño o de alienígena en forma, le permite a Vigalondo jugar con la situación de manera no tan distinta a lo que hace Matthijs van Heijningen Jr. en The Thing (EUA, 2011), precuela de la cinta hoy de culto realizada por John Carpenter en 1982. En ambas versiones de la historia —así como en el clásico de 1951 The Thing From Another World, primera adaptación del relato de John W. Campbell, Jr. en que se inspiran las tres películas—, el descubrimiento de un extraño ser congelado en los hielos perpetuos de la Antártida se convierte en punto de partida —en el caso de la cinta de Carpenter, al menos— de un eficaz ejercicio en suspense en el que los miembros de la expedición, llevados al límite del terror y de la desconfianza, intentarán descubrir si el alienígena, que tiene la habilidad de tomar la forma de cualquier ser humano, no se estará haciendo pasar por uno de ellos.

Por supuesto, la distancia que hay entre las intrigas de un par de infieles y las aterradoras mutaciones experimentadas por los miembros de aquella funesta expedición, es tan grande como la que existe entre Hollywood y el cine español más independiente. Y sin embargo, la comedia depende tanto de un buen manejo de la ironía dramática como el suspenso, y en ambas películas la paranoia, así como la desconfianza en el otro y en los motivos que lo animan, habrán de sacar lo peor —en el caso de The Thing— o lo mejor —como acaba sucediendo en Extraterrestre— de cada uno de sus personajes.

Es entre estos extremos —el de la comedia inteligente y el horror más repulsivo, el del cine hecho con pocos recursos y el que se fabrica en los grandes estudios que habrá de moverse esta edición de MÓRBIDO. Y eso es algo decididamente fantástico.

—Antonio Camarillo

SITGES Dia 02: De lo esoterico a la realidad

El cine de terror hecho en España ha dado mucho de qué hablar en los últimos años. De las películas de Guillermo del Toro producidas en la península —tanto las dirigidas por él mismo, El espinazo del diablo y El laberinto del fauno, como El orfanato o Los ojos de Julia— a cintas tan populares entre los aficionados al género como [REC], muchos de los mejores referentes del cine de género actual provienen de aquellos lares.

De alguna manera, una cinta como Intruders (Juan Carlos Fresnadillo, 2011) forma parte de esta tendencia. Nacido en Tenerife, Fresnadillo habría de darse a conocer con Esposados (1996), cortometraje nominado al Óscar y cuyo éxito lo llevaría a filmar Intactos (2001) —su debut en el largo— y, posteriormente, 28 Weeks Later (2007), secuela patrocinada por el propio Danny Boyle y que significaría su entrada al cine anglosajón. Con Intruders, cinta estelarizada por un ecléctico reparto que incluye lo mismo a Clive Owen que al actor español Daniel Brühl, el protagonista de Eva (2011), Fresnadillo parecería tratar de conciliar lo aprendido en el cine de Hollywood con sus raíces, y con sus obsesiones más personales: la historia de John (Owen) y su hija Mia (Ella Purnell), quien ha quedado imposibilitada para hablar tras convertirse en víctima de los ataques de una misteriosa entidad encapuchada conocida como Hollowface, hace eco no sólo de los más socorridos miedos de la niñez —el coco, o el monstruo del clóset—, sino que encarna también, en el semblante vacío de Hollowface, ese miedo a lo desconocido, a esos temores sin forma que constituyen la esencia y razón de ser del género.

Clive Owen en Intruders

El drama de John y su familia tiene su propio eco dentro de la película en la historia de Juan, un niño español que es visitado también por Hollowface y a quien ni la asistencia de un sacerdote ni la preocupación de su madre parecen poder ayudar. Es en este juego entre uno y otro niño en donde Fresnadillo, sin dejar de ser consciente de estar haciendo un filme de género, se permite no sólo rodar en su país natal, sino también iniciar una exploración personal que lo llevaría, en palabras del propio realizador, a confrontar su relación con sus padres y su propia niñez. “Creo que Hollywood desde el inicio, desde sus raíces, está buscando permanentemente ideas de fuera,” me dijo Fresnadillo tras la proyección de Intruders en SITGES. ”Porque evidentemente las ideas se agotan, sobre todo cuando viven en un mundo tan cerrado como es aquél. Desde el principio, los cineastas europeos hemos ido a los Estados Unidos a hacer carrera, porque ellos están abiertos a conseguir un material nuevo, un material exportable y un material que básicamente genere industria”.

Juna Carlos Fresnadillo y Nicolás Casariego

De esta manera, Fresnadillo se une al grupo de cineastas que, como Alejandro Amenábar o el propio del Toro, han llevado a Hollywood sus muy personales y particulares formas de ver el mundo. “Yo creo que hay toda una generación de cineastas latinos que está entroncando con esa demanda, con esa necesidad de Hollywood de estar abierto a nuevas ideas —concluye Fresnadillo—, y de alguna forma también conseguir que el cine de entretenimiento siga perviviendo con cierta personalidad”.

Así, y al igual que habría de ocurrir con propuestas como La mujer del eternauta (Adán Aliaga, 2010) —un documental sobre la desaparición durante la dictadura militar argentina de Héctor Germán Oesterheld, guionista de la obra cumbre del cómic argentino, ‘El Eternauta’— o The Caller (Matthew Parkhill, 2011), thriller psicológico producido, por cuestiones de presupuesto, en Puerto Rico, quizás el mayor placer de un festival como SITGES sea, justamente, el de poder descubrir a los futuros astros de Hollywood antes que ellos mismos.

Lo que ves cuando cierras los ojos

¿Qué ves cuando cierras los ojos?

Para Álex (Daniel Brühl), el protagonista de Eva (España, 2011), la respuesta a esta pregunta podría haber resultado sencilla: experto en robótica, Álex quizás haya soñado con un mundo poblado por máquinas maravillosas, prodigios tecnológicos que, como su asistente Max o ese gato mecánico que lo acompaña a todos lados, serían tal vez el remedio para su terrible soledad. Tímido y reservado, este joven genio tal vez haya creado seres que parecen albergar la chispa de la vida, ese algo imposible de aprehender que cree encontrar en Eva (Clàudia Vega), la precoz e impetuosa hija de un viejo amor. Y, sin embargo, esas palabras —utilizadas en la película como una suerte de safe word, un encantamiento pronunciado para lidiar con robots desobedientes— son, al mismo tiempo, la invocación de un sueño eterno para sus creaciones y, para él, el despertar a la más dura e indiscutible realidad.

El año es el 2041, el futuro cercano. Pero las preguntas son las mismas desde que el hombre es hombre, desde que cobramos conciencia de nuestra humanidad. Son también las mismas preguntas que se ha hecho cada filme protagonizado por androides, desde Metrópolis hasta I, Robot y pasando por decepciones del tamaño de Bicentennial Man. Emparentada lo mismo con Blade Runner que con A.I. y, a la vez, ferozmente personal en su lacónica representación del futuro, la cinta del debutante Kike Maíllo se beneficia de una extraordinaria factura y efectos visuales que nada le piden al cine de ciencia ficción que se cultiva en otros lares; la dirección de arte, en particular, propone un futurismo retro que se insinúa apenas en los detalles —detalles como los coches, por ejemplo: aparentes anacronismos que tan sólo acentúan la sensación de anhelo y nostalgia de la película—.

Yo, en lo personal, cierro los ojos y tan sólo veo cine y más cine, diez días de proyecciones que apenas y han iniciado con la proyección de Eva, película inaugural del 44 Festival Internacional de Cinema Fantástico de Catalunya, Sitges 2011. En los próximos días, las pocas horas que me queden entre película y película serán utilizadas en escribir para este blog, y para la cobertura que haré del Festival para la revista Cine PREMIERE. Espero que estén de acuerdo en que será un tiempo bien utilizado.

—Antonio

Necrofilmia

Necrofilmia es el blog de cine de Antonio Camarillo, colaborador de Cine PREMIERE y quien ha publicado en revistas como FANGORIA, Marvin, CineXS y la Revista WOW. Coordinador de contenidos de MORBIDOFEST, co-conductor de Horroris Causa e invitado frecuente —o titular que falta mucho— de CinemaNET.